LIBRES TRAS LAS REJAS: CINE, EDUCACIÓN Y CÁRCEL

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POR GABRIELA DE LA CRUZ

Cuando oímos en una misma oración las palabras cine y cárcel estamos acostumbrados a pensar que veremos en pantalla una gran cantidad de sangre, acción y violencia. Sin embargo, esto no es del todo cierto. Las películas documentales sobre el encierro se proponen ofrecerle al espectador un enfoque diferente, introducirlos dentro del mundo carcelario devolviéndoles la voz a los protagonistas silenciados por el sistema punitivo, permitiéndoles despojarse del estereotipo creado sobre ellos a fin de superar las miradas reduccionistas que se difunden desde los medios masivos de comunicación. Películas como El Almafuerte (Martínez Cantó, Nacif Cabrera y Persano, 2010), Claudia (Gonnet, 2011), Lunas cautivas (Marcia Paradiso, 2012) y 13 puertas (David Rubio, 2014) deshacen preconceptos al contraponer imágenes y discursos con el fin de reflexionar sobre el sistema penal y sus objetivos y, la importancia de la educación dentro del contexto de encierro como una forma de expresión, liberación y superación personal.
La educación es un derecho esencial en la vida de toda persona. Y puesto que la cárcel no es una institución al margen de la sociedad es que se alientan los programas de educación intramuros que no sólo promueven la integración social sino que, además contribuyen al desarrollo de la identidad del detenido.
Las cuatro películas anteriormente mencionadas se proponen indagar en la educación como pilar para realizar la transición hacia la resocialización. Lo audiovisual resulta ser la herramienta desde donde se intenta producir el cambio y reflexionar sobre la necesidad de amparo social desde el momento mismo de abandonar la institución. Asimismo, son la clara muestra de que educarnos abre una ventana hacia la libertad.
El Almafuerte registra la realización de un cortometraje, producido por los chicos reclusos, sobre la revista Seguir soñando que ellos mismos escriben y difunden por Internet desde el penal de máxima seguridad de La Plata. Así, se pretende mostrarle a la sociedad la capacidad creadora de estos chicos pero otorgándoles la oportunidad de brindar sus propias reflexiones, encarnadas en imágenes y sonidos generados por ellos mismos. La particularidad de la película es que emplea el recurso del cine dentro del cine, a partir del cual, se entremezclan los planos registrados por los directores del film con aquellos capturados por los menores que participaron del proyecto. De este modo, se construyen dos miradas enfrentadas y dos realidades separadas: la del afuera y la que se compone desde el detrás de las rejas. Las imágenes muestran el día a día del proyecto de filmación y cómo los chicos internados en el instituto, cámara en mano, se filman mirándose a sí mismos e interrogando a otros a fin de generar una reflexión sobre si los centros de detención de menores son la mejor respuesta al conflicto social.
Por su parte, Claudia narra el paso de Claudia Sobrero por la prisión y las desventuras de intentar reinsertarse dentro de un sistema que no hace más que excluir a los “inadaptados”. Tras los muros, Claudia se recibió de socióloga en el marco del Programa UBA XXI dictado en los penales de Devoto y Ezeiza, además de haber realizado talleres de teatro y serigrafía que le permitieron ser parte de exposiciones artísticas. El largometraje comparte sus reflexiones al mismo tiempo que se las contrapone con las imágenes difundidas sobre su caso en los medios de comunicación, muchas de ellas, demonizando su imagen. Como espectadores tenemos un imaginario muy sólido que es impuesto por las películas y por la prensa y nadie se detiene a preguntarse quiénes son en realidad las personas que están dentro de las celdas. Es por ello que este documental, en palabras del director, se interesó por “deconstruir al monstruo para obtener una persona real (…) Así que me pareció que podía juntar una evolución personal con una reflexión”.
De igual modo, Lunas cautivas presenta en capítulos las historias de distintas mujeres detenidas en La Unidad 31 de Ezeiza, lugar que cuenta con la particularidad de alojar a madres con sus hijos de hasta cuatro años, con el rasgo distintivo de la presencia del jardín maternal. Sin embargo, a las madres no se les permite acompañar a sus hijos al jardín y tampoco se les permite participar de la adaptación inicial, siendo las mismas celadoras las que los acompañan. Sus historias de vida se entrelazan con sus escritos poéticos, mientras que imágenes de cercas, vallados y alambres con púas se suceden recordándonos el marco y contexto donde hacen oír sus voces y más profundos sentimientos. Al igual que en los dos films anteriormente mencionados se marca el contrapunto entre el adentro y el afuera mediante llamadas telefónicas a familiares e imágenes de salidas transitorias. Se suceden las distintas imágenes de torres de vigilancia y se escucha la voz de Liliana decir “A veces pienso que nací en un día gris, gris fue el día que falleció mi madre, gris el día de mi detención”. La poesía y las imágenes que recorren el penal desde el exterior es el contrapunto perfecto para mostrarnos a qué refiere el film, como si cada vez que escriben una poesía, su mirada trascendiese los muros y alambradas.
Finalmente, 13 puertas, el documental del director ecuatoriano David Rubio presentado en la última edición del BAFICI, cuyo título hace alusión al hecho de que el director tiene que pasar por trece puertas, desde que ingresa al recinto, para llegar al aula de estudio. Desarrollado en la Unidad Penitenciaria 48, en la provincia de Buenos Aires, esta película nos invita a ser partícipes del curso de sociología que internos y carceleros llevan a cabo a los largo de nueve meses. Allí, discuten a Platón, leen a Aristóteles y analizan a Nietzsche. En palabras de su director, la importancia del film radica en “rescatar la unión de dos perspectivas tan opuestas a través del conocimiento. Este permite que dos personas, que en otras circunstancias no se conocerían como seres humanos, sino simplemente como guardia y preso, puedan crear un lazo”.
Estas películas son sólo un ejemplo de lo vital de la práctica educativa en el contexto de encierro. Son una clara muestra de que educarnos genera “espacios de libertad”.