EL PROFETA VIVE!

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A lo largo de la historia hemos visto y leído como los distintos profetas han sido rechazados de cuajo ante el advenimiento de sus ideas y revelaciones. Es interesante –y preocupante al mismo tiempo- comprobar que los primeros “rebotes” que recibieron estas personalidades con ideas distintas provenían de sus propias comunidades. El ejemplo más contundente es el de Jesús. Su profecía se baso simplemente en anunciar la llegada de Dios, de un nuevo mundo pacifico y justo personificado en su carne. Este hecho, que Cristo trató de establecer originalmente entre sus vecinos, no era a futuro –atención a esto- sino que siempre fue a presente. Él mismo se proclamo como aquel a quién se esperaba desde tiempos inmemorables por medio de las lecturas de libros sagrados y leyendas folclóricas. El se presento y dijo: “Atención, aquí estoy. Empecemos de cero” (repito: es necesario hacer hincapié en el concepto temporal). Si hubiese dicho: “El hijo de Dios vendrá o el elegido descenderá dentro de tantos días o meses o años”, hubiese sido otra cosa distinta. Pero en cambio atestiguo con su sola presencia el deseo de los hombres sobre la venida de un Salvador enviado por Dios y se ofreció para el empleo (sin paga). Él dijo “aquí estoy”, pero nadie le creyó. Y estaba en su propia nación, entre su gente. Algo de esto quizá nos recuerde el refrán que dice “nadie es profeta en su tierra”.
Como Jesús, muchos otros tuvieron que experimentar el rechazo y la desconfianza de compatriotas, parientes y vecinos. Si decidiera dar un ejemplo más antiguo pensaría en Platón o en Noé, también en Abraham. Pero mi deseo es comprobar que a través de los siglos seguimos desconfiando de lo novedoso, que además de nuevo es mejor. El motivo –seguramente- será el riesgo que trae aparejado el cambio. Pienso en Ernesto Guevara y su lucha por la independencia Latinoamericana, llevada a cabo desde otras tierras, y no desde las nuestras. Pienso en Galileo, tomado por loco y, finalmente, se me viene a la mente Marcus Garvey, ignorado en Jamaica y alentado en Norte América, donde fue devorado por los malos consejeros que aprovecharon sus ideas y profanaron su nombre en vistas del enriquecimiento, producto del trabajo de los esclavos liberados. Así es el tema de los profetas: todos dicen algo que es poco probable, arriesgado o fuera de la senda rutinaria del día a día. Por eso deberíamos recordar a Peter Tosh cuando nos dice “Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morir”; deberíamos recordarlo.

La profecía tuvo un significado esencial en el judaísmo y en el cristianismo. Para el primero, el profeta era un individuo elegido por Dios, que tenía como fin de revelar las intenciones y los planes divinos a la humanidad. Aquí debería usar el presente como tiempo verbal, dado que aún la espera continúa y la prueba está demostrada en el rechazo a Cristo como el Mesías. Por eso, sigo en presente: Como mensajero de la buena nueva, el profeta debe sentir la omnipresente presencia de Dios y recibir la fuerza suficiente para comunicar a otros su Palabra, incluso cuando ello pueda provocarle, el sufrimiento, la tortura y la muerte. Para el pensamiento del cristianismo, concluida la muerte del Elegido (y su resurrección), ahora hay que esperar por el juicio final para que se castigue a los impíos y malditos. En pocas palabras, ambas religiones esperan, esperan y esperan. Una desistió de la solución cuando se hizo presente y la otra, quedó disconforme.
Dentro de la fe Rasta, Jesús es tomado como una parte importante de la historia del hombre y, además, como lo que fue: un profeta, quizá para muchos el más importante. Como personalidad sobresaliente de la concepción Rasta y antecesor de Haile Selassie Él, como otros profetas, tienen un tronco familiar y monárquico que atraviesa las concepciones del Nuevo Testamento para llegar hasta el Viejo -más precisamente a la historia de los patriarcas- donde conviven David y Salomón, por citar a los reyes que más nos “suenan”. Por eso, por que no sólo Jesús fue profeta, es que debemos mencionar a cuatro maestros que tienen especial importancia en la doctrina de Jah y que son nombrados en forma continúa por Rastas del mundo.
Ellos fueron y son considerados conocedores de los actos de Dios y los “transportes” de su doctrina y, por lo tanto, sus palabras son fundamentales en la vida y costumbres de Rastafari. Ellos son: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel: Los Profetas Mayores.
Isaías

 

Fue hijo de Amós y nació en el seno de una familia aristocrática de Jerusalén hacia el 760 a.C. La belleza de su estilo y la constante nobleza de su mensaje hicieron de él uno de los autores bíblicos más reverenciados. Aunque la totalidad del libro se atribuye a Isaías, la mayoría de los especialistas considera que la suya es una obra compuesta, por lo cual el grueso de la primera sección le corresponde y se denomina Primer Isaías. La segunda sección (capítulos 40 al 66) ha sido otorgada a diversos autores, y suele subdividirse en Segundo y Tercer Isaías. Dado por sentado lo que los sabios nos aseveran sobre la autoría real de la primera parte, diremos que en el Primer Isaías, las principales ideas teológicas se hallan concentradas en los 12 primeros capítulos. Según el profeta los sacrificios rituales para apaciguar a Dios son considerados “aborrecibles” si quienes los ofrendan tratan con injusticia al prójimo, en especial a los más pobres y desfavorecidos. Por otro lado, los tratados internacionales son vanos, porque es la mano de Dios la que rige todos los acontecimientos históricos y salva a quienes sólo creen en él. Además, según su voz, el pueblo de Israel será castigado por sus pecados salvándose sólo un grupo para morar en una era perfecta. En ocasiones, esta sección de Isaías es denominada Libro de Emmanuel (nombre de una de las principales ramas de la fe Rasta. Ver las Ordenes de Rasta).
El segundo y Tercer Isaías son obras extensas que, por no ser exclusivas de él, requerirían mayor análisis y estudio.
Apártense, apártense de Babilonia,
No toquen nada impuro
Salgan de en medio de ella y purifíquense
Ustedes que llevan los vasos sagrados de Jah
No saldrán a la carrera,
Ni partirán como que vienen huyendo,
Pues al frente de ustedes irá Yavé
Y el Dios de Israel les protegerá las espaldas.

Jeremías

El libro de Jeremías es fruto de sucesivas ediciones y redacciones. Las profecías conocidas por su boca fueron recordadas, y sólo años más tarde transcritas por sus discípulos. Por lo general, son breves y tienen forma de poemas, resultado del trabajo de editores que, en la mayoría de los casos combinaron párrafos más pequeños en su versión original, llegando en ocasiones a reformarlos. En el capítulo 36 se discute el origen del libro. El rollo escrito por Baruc, discípulo de Jeremías, constituye la fuente principal, aunque no es factible reconstruir su contenido exacto a partir del texto que ha llegado a nuestros días, que también fue compilado gracias a otras fuentes. El libro de Jeremías puede dividirse en tres partes muy diferenciadas. La primera (capítulos 1 al 25) consta en mayor parte de las profecías contra Judá y Jerusalén pronunciadas por el profeta durante el reinado de los reyes Josías, Yoyaquim, Joaquín y Sedecías.
Casi todas ellas, son profecías expuestas en primera persona y es probable que deriven en gran parte del rollo de Baruc. La segunda parte distintiva de Jeremías (capítulos 26 al 29 y 32 al 45) incluye un relato de las actividades del profeta, de las pruebas a las que fue sometido y de las persecuciones que sufrió a partir del 608 a.C. hasta el final de sus días. El profeta aparece en esta parte en tercera persona y los acontecimientos históricos aparecen reflejados con precisión. Los capítulos 30 y 31, el así llamado Libro de la Consolación, son valorados como profecías originales del propio Jeremías, y auguran la restauración de Israel y de Judá. La tercera parte está conformada por una colección de pronunciamientos contra las naciones extranjeras (capítulos 46 al 51). Indica el número de judíos llevados al cautiverio y una serie de enseñanzas teológicas que afectó de modo significativo a la evolución del judaísmo posterior al exilio. Entre las más importantes de éstas puede mencionarse la opinión de que el Dios de Israel y de Judá no tiene por qué adorarse tan sólo en los santuarios de Silo y Jerusalén. Otra aportación relevante es el énfasis puesto sobre el concepto de responsabilidad individual que en última instancia hallaría su expresión adecuada en una nueva alianza entre Dios y su pueblo.
“Díganlo entre las naciones para que lo sepan todos; no lo callen, digan: Babilonia ha sido tomada. Su dios Bel-Mardok ha sido humillado y derribado, avergonzadas están sus imágenes, espantados sus ídolos.
Un pueblo ha salido del norte y marcha contra ella para hacer de su tierra un desierto. Hombres y bestias huyeron, han desaparecido.
En aquellos días, en esa época volverán los hijos de Israel; y caminarán llorando en busca de Jah, su Dios…” (Palabras de Jah dichas a Jeremías contra Babilonia y el país de los caldeos)

Ezequiel

La mayoría de los especialistas datan el Libro de Ezequiel en torno a la primera mitad del siglo VI a.C. Este profeta fue uno de los cautivos deportados a Babilonia en el 597 a.C., 11 años antes de la caída de Jerusalén. Su papel como profeta y líder espiritual se remonta al 592 a.C.; sus conocimientos de los ritos del Templo indican que ejerció como sacerdote antes del exilio. Desde el 597 al 586 a.C., Ezequiel tuvo un papel de profeta iracundo, pero tras la caída de Jerusalén en manos de Nabucodonosor II de Babilonia, su mensaje se hizo consolador e inspirador. Con la restauración de Israel, Ezequiel se convirtió en legislador, codificador y diseñador de la forma y la estructura del rito hebreo. El Islam identifica a Ezequiel (Hizkil) con el profeta coránico Ohu-I-Kifl. Entre los capítulos 1 y 24, Ezequiel reprocha al pueblo su idolatría y sus otros pecados. En la segunda sección de su obra (capítulos 25 al 32) profetiza la destrucción de los pueblos extranjeros y de los enemigos de Judá. Aquí Dios se revela como omnipotente y universal: es el Dios de las naciones de todo el mundo, no sólo el Dios de Judá. En la tercera sección (capítulos 33 al 39) Ezequiel ofrece consuelo a los judíos, a la sazón en el exilio, mientras predice la restauración de Jerusalén y del Templo profetizando el regreso del espíritu, o la presencia, de Dios. La visión de Ezequiel de la vega “llena de huesos… completamente secos” (37,1-14), una de las más famosas del Antiguo Testamento, explica de forma muy gráfica cómo la presencia de Dios representa la diferencia fundamental entre los vivos y los muertos. La naturaleza apocalíptica de determinados pasajes del libro, así como la repetida expresión “hijo de hombre”, han tenido una enorme influencia sobre el cristianismo y sobre algunos libros del Nuevo Testamento. Fue también él quien inculcó una profunda creencia en la llegada del Mesías y otra de sus concepciones centrales es la que presenta a Dios como soberano de la historia. Para enfatizar esta idea, utiliza con frecuencia la frase “y se sabrá que yo soy Yahvé”.

Yavé puso sobre mí su mano y su espíritu me llevó, dejándome en una llanura llena de huesos. Me hizo pensar en todas direcciones en medio de ellos: Los huesos, completamente secos, eran muy numerosos sobre la superficie de la llanura. Dios me preguntó: “¿piensas que podrán revivir estos huesos?”. Yo le contesté. “Señor Yavé, tu solo lo sabes”. Entonces me dijo:”Habla de parte mía sobre estos huesos y les dirás:
Huesos secos, escuchen la palabra de Jah. Voy a hacer entrar un espíritu en ustedes y volverán a vivir. Pondré sobre ustedes nervios y haré crecer carne y los cubriré con piel y pondré en ustedes mi Espíritu, de manera que vivirán y sabrán que soy Yavé” Yo hable como Dios me lo había dicho. Mientras lo hacía, se produjo un ruido y un alboroto: los huesos se juntaron, se cubrieron de nervios, se formó carne y la piel se extendía por encima. Pero no había Espíritu en ellos. Yavé entonces me dijo: “Habla de parte mía al Espíritu, llámalo hijo del Hombre y dile de parte del Señor Yavé: Espíritu: ven por los cuatro lados y sopla sobre estos muertos para que vivan.” Lo hice según su orden y el Espíritu entro en ellos. Se reanimaron y se pusieron de pie; eran un ejercito grande, muy grande. Entonces Yavé me dijo: “Estos huesos son todo el pueblo de Israel. Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos. Se perdió nuestra esperanza, el fin ha llegado para nosotros. Por eso, anúnciales esta palabra: Yo Jah, voy a abrir sus tumbas. Pueblo mío, los haré salir de sus tumbas y los llevaré de nuevo a las tierras de Israel. Ustedes sabrán que Yo soy Dios, cuando abra sus tumbas, pueblo mío, y los haga salir. Infundiré mi espíritu en ustedes y volverán a vivir, y los estableceré sobre su tierra, y sabrán entonces que Yo, Jah, digo y pongo por obra”. Ezequiel 37.

Daniel

Se atribuye al profeta Daniel su auto descripción en el texto como prisionero de los babilonios, deportado desde Jerusalén a Babilonia en torno al 606 a.C. Sin embargo, la fecha no coincide con la de ningún ataque histórico a Jerusalén. Por ésta y por otras razones, la mayoría de los especialistas coincide en que el libro fue obra de autor anónimo, que lo escribiría a mediados del siglo II a.C. Fue incluido en el canon hebreo de la Biblia en torno al año 90 d.C. y situado, quizá por su fecha de composición tardía, en los Hagiográficos o tercera sección del canon hebreo en lugar de hallarse en la sección segunda, Profetas. En las modernas versiones judía y protestante de la Biblia, el libro se divide en 12 capítulos.
Entre los relatos más conocidos están los que cuentan de la interpretación que en los sueños del rey de Babilonia (capítulo 4), la lectura por Daniel de unas inscripciones en la pared del palacio real durante un festín ofrecido por el rey babilónico Baltasar (capítulo 5), y la salvación de Daniel en el foso de los leones. La sexta historia relata cómo tres amigos de Daniel (Azarías, Misael y Ananías) salen ilesos del horno al que habían sido lanzados por negarse a adorar un ídolo (capítulo 3). Los últimos seis capítulos del libro narran las cuatro visiones apocalípticas de Daniel. Gran parte de las imágenes que pueblan estos capítulos tienen su origen remoto en la mitología mesopotámica y persa. El Libro de Daniel, que exterioriza el relato de un joven que se aferró a su fe a pesar de las tremendas presiones que recibe, para muchos fue escrito con la intención de fortalecer y consolar a los judíos oprimidos por el rey seléucida Antíoco IV a mediados del siglo II a.C. Varios fragmentos del libro fueron hallados en los Manuscritos del Mar Muerto descubiertos en las cuevas cercanas a Qumran en 1947.
Daniel era, en los escritos del Oriente, el nombre de un sabio antiguo al que se referían varias leyendas (ver Ezequiel 14, 14). De esta comparación es que se forjó el personaje de Daniel el profeta, que hubiera vivido entre los desterrados a Babilonia de comprobarse su existencia, y cuyas palabras y ejemplos -de haber sido este hecho concreto- debía ilustrar a los creyentes judíos en contacto con los cristianos. La comunidad judía colocó su obra entre los libros del siglo II antes de Cristo y no al lado de los profetas del siglo VI (en el que Daniel supuestamente habría vivido). Además, su libro está entre los de enseñanza religiosa y no entre los de los profetas.

Los grandes profetas de la historia tienen dentro de la doctrina Rastafaria una gran influencia, por su obra literaria como los acontecimientos que en ella se describen. La Biblia narra en gran parte estos hechos y los explica según sus criterios dogmáticos, provenientes de la iglesia romana y la protestante. Aún así, el libro más antiguo del mundo es de libre interpretación y permite por tal motivo el uso de la razón y lógica en cada uno de sus versículos. Por que a pesar de las falsedades incorporadas por los distintos imperios y las faltas a sus descripciones, el mensaje espiritual e histórico resulta inalterable para el hombre de fe e inteligencia.

¡Jah Lives!

Por Injahman