El nacimiento de Rasta

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2003. Corrían los primeros tiempos de Ladedios y sin lugar a dudas el ‘lado mistico-religioso de la luna’ lo daba In-Jah man y sus textos. Fundamentos, argumentos y misterio giraba alrededor de la figura de In-Jah quién cada vez que tenia la palabra, esclarecía momentos claves de la historia y religion que dió génesis al reggae. Aqui, uno de sus célebres textos:

Luego de la inesperada muerte de su padre, Makeda, con tan solo 13 años, no descanso en la tristeza ni deparo en el llanto su terrible pérdida. La joven reina optó, en cambio, por continuar con el deseo de progenitor: Instalar en Saba el concepto de un único Dios, el mismo al que le rendía culto el famoso Rey Salomón.
Para ello, La Reina de Saba debió convencer a su propio pueblo de que ese cambio -tan deseado por su padre y tan negado por el clero- era el mas conveniente en vistas a un futuro distinto. Alineándose con las doce tribus de Israel, Saba se aseguraba un desarrollo tranquilo en sus rutas mercantiles y la protección del rey más sabio del planeta. No era poca cosa y logrado esto, el reino de Saba se afirmaba en su existencia.
Siendo así, Makeda se enfrento al clérigo local y se dispuso a pasar una prueba de fe y vida a la que todo gobernante debía asistir para ser confirmado en su posición y – a su vez- ser reconocido como divinidad.
Los sacerdotes dispusieron entonces que Maqueda se enfrentará al dios serpiente Arwé para derrotarla igual que años atrás lo hiciera su padre, Akebo, enfrentándose a la muerte sin concesiones, tan solo con la convicción de no decepcionar a su pueblo y dejarlo a merced de una oligarquía.

En el próximo relato de la autora e historiadora francesa Jacqueline Dauxois, disfrutaremos de la victoria de Maqueda, Reina de Saba, sobre el Dios Arwé y los detentadores del poder de Askum. Este es un hecho fundamental en la vida e historia de Rasta ya que, de la unión entre Maqueda, Reina de Saba, y Salomón, amo y señor de Israel, es que nace la dinastía Selassie, por consiguiente la existencia de Su Majestad Imperial Haile Saelassie I. ¡Jah Live!

En unos instantes, el mundo se dispone a proclamar la victoria de una diosa o la locura de una reina, muerta por haber querido convertirse en divinidad.
Los tambores redoblan.
Maqueda atraviesa el templo.
Amete, su ama nodriza, tiembla.
Zacarías, el profeta, se inquieta.
Hagos, el fiel jefe de armas, está alerta.
Maqueda percibe las vibraciones de angustia que se entrecruzan en el camino. El desafío que se dispone a lanzar le hace temblar las manos. Tentada de dejarse caer allí mismo, camina erguida, atenta al peso de la corona y al del manto que cubre sus hombros.
Llega ante el santuario, sumido en la penumbra, en el que sólo el soberano tiene derecho a penetrar para ofrecer un sacrificio al dios.
Dos altos sacrificadores de Arwé levantan la cortina ante la reina, que avanza con paso algo inseguro.
Ameté se abre paso por la fuerza, empujando a Hagos hacia delante sin que los sacerdotes consigan hacerle retroceder.
Maqueda se detiene al pie de los peldaños que conducen a la jaula sagrada.
Salido del fondo del templo, un servidor trae la ofrenda que la reina va a dedicar al dios.
En lugar de recogerla, se apodera de una vasija de oro que le tiende una esclava. Ni siquiera Ameté ha previsto ese movimiento que sorprende a la asistencia.
Sin saber cuál sería la reacción de la asamblea si se enfrentaran a ella, los sacerdotes, furiosos por esa contravención del rito, no se arriesgan a contrariar a la que ha vencido al león, y menos cuando la cortina está abierta y desde el fondo del templo se ve lo que sucede en el santuario.
Maqueda no tiembla ya.
Los tambores redoblan sin tregua.
Con la vasija apretada contra el pecho, asciende hacia la jaula del dios serpiente, al que su padre exterminó y al que los sacerdotes han resucitado.
Delante de la puerta, en lugar de agacharse para depositar la ofrenda en el suelo, ordena al guardián que la abra.
La frente de la nodriza se cubre de un sudor de angustia. Los sacrificadores no pueden obedecer. Ello significaría la sentencia de muerte para la reina. Pero son del partido del adversario, apoyan a la madre de Haria, encerrada en el cráter de Amba Wahni, y las reivindicaciones de su hijo mayor al trono de Saba.
A un gesto de asentimiento por parte de la alta jerarquía de Arwé, el guardián abre la jaula, provocando un sobresalto de terror en la nodriza.
¡Qué muera Maqueda!
Un rumor de espanto se eleva de la multitud que retrocede en tumulto y trata de ganar la salida. La puerta es infranqueable a causa de la enorme presión en el atrio. En un instante se extiende la noticia de que el guardián ha abierto la jaula y que la reina ha penetrado en ella. El rumor alcanza la explanada y las calles adyacentes sembrando el horror.

En el fondo de la plaza se produce un conato de desbandada pero los que han salido corriendo vuelven a congregarse detrás de los demás para esperar a que los sacerdotes anuncien la muerte de la reina y proclamen un nuevo rey. Ante la idea de perder a la joven soberana, tan amada y que tan bien encarna las esperanzas del reino, todo queda inmovilizado por el espanto, bajo un sol de plomo que cae sobre las coronillas de la multitud.
En el templo se apacigua el pánico. Todos regresan a su sitio bajo la bóveda, mientras ruegan por la salvación de la reina.
Salmodias y música forman una intensa imploración. El corazón del reino entero resuena cadenciosamente en los tambores, desborda el templo hasta la plaza, invade el país. De toda Saba asciende hacia el cielo una ardiente súplica para que el dragón, exterminado por el jefe Akebo, respete la vida de su hija.

Enrollada en una rama, la pitón, irritada por el ruido y la luz, observa a la intrusa con sus ojos ponzoñosos y suelta un furioso golpe con la cola. Su cabeza se balancea de cólera. De sus rojas fauces lanza hacia Maqueda una lengua que se agita como el látigo de un poseído. Silbando de rabio, desenrolla su cuerpo monstruoso. Un enorme anillo reluciente avanza hacia Malqueda para triturarla.
La reina le tiende la leche, deposita la vasija y retrocede.
El reptil vacila.
Maqueda ordena con voz estridente: ¡bebe y muere!
La pitón se hincha y se eleva. La cabeza de lengua afilada desciende lentamente, ondula, roza el rostro de Maqueda..
Ameté saca de su ancho vestido un hacha filosa, se la entrega con autoridad a Hagos y le ordena: ¡Mata a la Pitón!
Hagos se acerca decidido a partirla en dos. Pero la serpiente es el dios Arwé. Los brazos de Hagos están paralizados.
La cabeza plana y gélida sigue descendiendo hacia la leche. La lengua se sumerge en ella, prueba el espeso brebaje, se acerca y se retira. El monstruo engulle el denso potaje, se sacia, se relame.
Maqueda retrocede.

El reptil silba de cólera, renuncia a la leche, se yergue y se dispone a enroscarse al cuerpo de Maqueda para triturarla. Cuando su impulso mortífero ha alcanzado el punto álgido de su trayectoria, se detiene de golpe y la serpiente cae inerte a ambos lados de la rama.
Maqueda, jadeante, se humedece los labios. Con las manos congeladas arranca la cortina para mostrar a la asistencia al dios Arwé caído, muerto.
Los tambores dejan de batir.
Con un movimiento unísono, la asistencia se arrodilla con la cara hacia el suelo ante la diosa viviente. Los sacrificadores de Arwé se ven obligados a hacer lo mismo.
Un mar de espaldas curvadas cubre el suelo. Todos tienen la nariz hundida en las sandalias de quien le precede. En el exterior, el mismo espectáculo, sobre el polvo, bajo el sol ardiente.
A los pies de la Diosa viviente, los sacerdotes están dispuestos a levantarse con furor, con sus tocas semejantes a melones. A pocos pasos, Ameté, pálida, resopla sobre la alfombra. Hagos, con la frente entre las suelas de la nodriza real, ha dejado caer el hacha cuya hoja brilla. Los músicos no han tenido tiempo de soltarse las correas de los tambores. Forman altas cepas curvadas sobre los keberos, que aparecen incubar.
Maqueda no se vuelve hacia la serpiente envenenada. Es inútil, conserva en su interior la imagen del monstruo abatido. Lo que contempla recreándose es a su pueblo prosternado a sus pies, que la reconoce como la igual de los dioses ante el mundo.
Nadie ha adivinado el terror que le atenazaba el corazón cuando se encontraba frente a la pitón.
En un instante caminará hacia la luz. Le queda aún un breve momento para disfrutar, con prodigiosa intensidad, de una soledad extraordinaria, una divinidad que la eleva por encima de todos. La invade una plenitud incomparable. Enfrentada al león, representaba su vida de mujer. Contra la pitón ha ganado la eternidad. Esta certeza, que le hace palpitar el corazón, le devuelve las fuerzas.
Respira hondamente. Como un alcohol muy fuerte, el aire inspirado traza surcos de fuego en sus venas. Un calor tórrido se apodera de ella.
Sus miembros forjados en bronce, se distienden, vuelven a ser de carne y la sangre los irriga de nuevo. Reprime una risa: en el momento en que todos la proclaman diosa, ella se siente mujer, una mujer tierna y dulce! La llamada de la vida erupciona en ella con la furia de un volcán que despierta después de treintamil años dormido.. Ante la multitud prosternada, Makeda, diosa de Saba sintiendo el murmullo de la divinidad en el fondo de su pecho, eleva los brazos hacia el cielo.
Su pueblo se levanta para adorarla, emitiendo un ensordecedor clamor que espanta a los pájaros…

Por In-Jahman