De la bondad

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No hay bondad sin tensión activa hacia la virtud. La disciplina mansa, la condescendencia pasiva, la sumisión resignada, son simples formas de incapacidad para el mal; el hipócrita que obra bien por simple miedo a la coerción social es peor que el malo declarado, pues sin librarse de su maldad la complica de cobardía. Ese conformismo negativo suele dar al hombre el bienestar en la servidumbre; sólo virtudes positivas, militantes, pueden acrecer la propia felicidad y multiplicar la ajena.

Obediencia no es bondad. La excesiva domesticación paraliza en el hombre las más loables inclinaciones. El respeto a los convencionalismos injustos corrompe la conciencia moral y convierte a cada uno en cómplice de todos. Los caracteres débiles acaban obrando mal por no contrariar la maldad de los demás.

Es perpetua lucha obrar bien entre malvados.

La bondad no es norma sino acción. Si la bondad no está en la conducta, sobra en las opiniones. El hombre puede ser bueno sin el sostén de teorías filosóficas o de mandamientos religiosos, que son estériles patrañas en los doctores sin austeridad. Ninguna confianza merecen las buenas palabras de los que ejecutan malas acciones.
Donde disminuye la injusticia aumenta la bondad. Hay hombres irremediablemente malos, pero son una ínfima minoría, los más obran mal compelidos a ello por las injusticias de la sociedad. El espectáculo de vicios reverenciados y de virtudes escarnecidas perturba la conciencia moral de la mayoría, haciéndole preferir el camino del rango al del mérito.

Combatir la injusticia es la manera eficaz de capacitar a los hombres para el bien; ser bueno sería más fácil, y aún menos peligroso, cuando en todos los corazones vibrase la esperanza de que la bondad será alentada, no encontrando el mal atmósfera propicia. Se puede, entretanto, cultivar la bondad donde existe, sembrarla donde falta.

Aunque el resultado inmediato fuera ilusorio, el esfuerzo de cada uno por abuenarse podría disminuir los obstáculos que dificultan el advenimiento de una justicia cada vez menos imperfecta.

La ilusión misma es una fuerza moral y sentirse más bueno es mejorarse.

“Las fuerzas morales” – José Ingenieros (1877-1925)