El fin y los medios II

0


Esto que vas a leer fue escrito pocos meses antes que se desatara la Segunda Guerra Mundial, te puede parecer anacrónico por momentos, pero el mensaje de fondo permanece totalmente vigente. ¿Será que la humanidad está decidida a no mejorar?
El mundo que habita el hombre pobre no es el mismo que el que habita el hombre rico. Para que todos los miembros de una sociedad puedan cooperar con inteligencia, deben llegar a un acuerdo previo en lo que se refiere a la obra conjunta a realizarse. Personas a quienes la desigualdad económica obligue a habitar en universos distintos, no pueden cooperar con inteligencia.

EL FIN Y LOS MEDIOS II – GUERRA

Todos los caminos que llevan hacia un mejoramiento social quedan cerrados, tarde o temprano, por la Guerra, por las amenazas de Guerra o por los preparativos para la Guerra. Ésa es la verdad, la odiosa pero irremediable verdad.
La guerra es un fenómeno exclusivamente humano.
Los animales combaten en el calor de la excitación, matan por hambre, ocasionalmente por placer; esos actos violentos son como riñas domésticas y no tienen nada que ver con la guerra, el hombre es único en eso de organizar matanzas en masa dentro de su especie.
Todas las sociedades civilizadas son guerreras.
El interrogante queda planteado en lo que se refiere a establecer si la correlación entre la guerra y la civilización es necesaria.
Hay razones para suponer que la aparición de la guerra estuvo ligada con una transformación brusca de la conciencia humana, este cambio podría haber estado relacionado, a su vez, con un acrecentamiento de la continencia sexual en las clases dirigentes de las sociedades guerreras. El síntoma arqueológico que lo probaría es la aparición repentina de palacios reales y monumentos funerarios descomunales.
La aparición de la guerra parecería estar ligada con la ascensión al poder de gobernantes presuntuosos, preocupados en afanes de dominación personal y de supervivencia personal posterior a su propia muerte.
Aún hoy, en que las consideraciones de orden económico parecen supremas, ideas de gloria y de fama inmortal fermentan en las cabezas de los dictadores y de algunos líderes democráticos; y desempeñan un papel importante en las causas de guerras.
El heroísmo y el martirologio militar sigue siendo venerado. El nacionalismo es inmensamente popular porque satisface psíquicamente a los individuos. Todo nacionalismo es una religión idólatra en que la divinidad es el Estado personificado, representado por un rey o un dictador, o virtualmente, por el orgullo nacionalista que pueda despertar cualquier actividad.
Los estadistas alimentan las llamas de la vanidad nacional, y siegan su recompensa en la gratitud de millones de personas, para quienes el convencimiento de que participan en la gloria de la nación divina los alivia de las sensaciones que los corroen y que nacen de su propia pobreza, su poca importancia social, o su insignificancia.
La propia estimación tiene por completo el desprecio de los demás.
La vanidad y el orgullo engendran el desprecio y el odio. Pero el desprecio y el odio son emociones excitantes, emociones que estimulan a la gente.
En circunstancias normales, la mayor parte de los hombres y las mujeres se conducen en forma tolerable. Esto significa que tienen que contener a menudo sus impulsos antisociales. Ahora bien, la nación personificada es divina en cuanto a su magnitud, su poder y su superioridad mística; pero es menos que humana en lo que se refiere a su carácter moral. La ética de la política internacional es precisamente la del gangster, la del pirata, la del estafador y la del noble descarado.
El ciudadano ejemplar puede entregarse a los sustitutivos de criminalidad, no solo en la ficción, sino también en el campo de la política internacional. La nación divina de la que místicamente forma parte, provoca y engaña, desafía y amenaza, de modo que a muchas personas les resulta profundamente satisfactorio, para esas inclinaciones más bajas que generalmente reprimen con diligencia.
Sumisos con sus esposas, cariñosos con sus hijos, corteses con sus vecinos, la honradez misma en sus ocupaciones, los buenos ciudadanos sienten un estremecimiento de placer cuando el país emprende una política fuerte, enaltece su prestigio, obtiene una victoria diplomática, agranda su territorio o, dicho en otras palabras, cuando engaña, desafía, hace trampas o roba. La nación es una divinidad extraña.

Entonces, es sumamente importante que los principios de no violencia se propaguen rápidamente y lo más extensamente posible. Puesto que es solamente mediante movimientos no violentos, bien organizados y muy amplios, que las poblaciones del mundo pueden esperar eludir el verse encadenadas al Sistema injusto y opresor.

En las circunstancias propias de nuestra época, lo probable es que la mayor parte de los movimientos revolucionarios armados sean sofocados instantáneamente; cuando los revolucionarios estén bien equipados con cantidad de armas modernas, el movimiento tiene probabilidades de transformarse en una guerra civil tan prolongada y obstinada con reducidas chances de provocar una transformación benéfica.
La violencia tiene que producir los efectos comunes de la violencia y el resultado final será peor que el inicial. Resulta así, que la no violencia es la última esperanza de salvación.

“Los buenos fines sólo pueden ser logrados usando medios adecuados. El fin no puede justificar los medios, por la sencilla y clara razón de que los medios empleados determinan la naturaleza de los fines obtenidos.”