Nuestro ayer, nuestro hoy, nuestro mañana

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Son incalculables las víctimas producidas por la política económica de estos últimos treinta y cinco años.
Nadie se atreve a hablar de la instauración de esta nueva forma de genocidio, que fuera amparado por gobiernos golpistas, populistas y democráticos, haciéndonos creer en la soberanía, la defensa nacional, la libertad y la igualdad, mientras el estado nación iba desapareciendo conforme a los intereses mezquinos de los gobernantes, reciclados a modo de conspiración por el gran país del norte.

La escasa cintura política y la enorme ineptitud de quienes hoy nos gobiernan, siguen acentuando la inequidad social, tratando de sostenerse en un laberinto que no alcanzan a comprender.
Y como siempre lo discursivo va a contramano de la realidad, la clase dirigente sigue instalada en un quietismo exasperante, mientras el desbarranco social vuelca a los sacrificados en un pozo ciego, que pareciera no tener fondo.

La paranoia del poder prestado, anquilosa la conciencia e incrementa el bolsillo de quien lo ejerce.

El desborde de la ceguera genera estadísticas braille, sin que los números alcancen razón y beneficio a los que menos tienen.

Todo pacto de silencio hace a la omertá de los mismos que siguen desfalcando al bien común, en beneficio de la cossa nostra. Y la pseudo democracia los ampara a través de una justicia cíclope, influida por rosados y congresales mandatos.

La agresividad y el descontrol de gran parte de nuestra sociedad, que no logra solucionar sus penurias económicas y la inseguridad que la acosa, está por encima de la sensación que manifiesta la mayoría de los medios, mentores de las órdenes impartidas por la clase gobernante, manipulando la información de manera corporativa.

El fin del camino es harto conocido. Disolución de mandato o represión sostenida. Una fórmula instaurada desde los comienzos de nuestra historia.

Adolfo M. Vaccaro