Epilogo de Giordano Bruno

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“A Giordano Bruno; el siglo que él anticipó. En Roma, donde fue quemado en la pira” Tenía entonces cincuenta y dos años. Aunque su cuerpo había sido torturado y debilitado por los largos y penosos años de cárcel, se mantenía obstinadamente en su determinación. Sabía íntimamente que él no le había dado la espalda a Dios; seguía creyendo que lo que él cuestionaba no se oponía a Dios, sino sólo a algunos de sus dogmas. Los repetidos pedidos de que se le diera la oportunidad de explicar sus creencias y filosofía encontraron constantes negativas. La frustración de Bruno aumentó cuando se le negó la oportunidad de presentar sus puntos de vista ante los Inquisidores papales. El 20 de enero de 1600, Bruno fue nuevamente llevado ante los Inquisidores, esta vez en presencia del papa Clemente VIII. Todas sus peticiones previas al papa no habían tenido éxito; Clemente sencillamente se había negado a leerlas o a considerarlas. No hay duda de que el papa ordenó que se completara el juicio y que se pronunciara sentencia. Antes, ya habían prometido a Bruno la libertad si él se retractaba y había sido traicionado. Por lo tanto, finalmente aceptó la futilidad de ese recurso. Advirtió que sus preguntas y observaciones amenazaban a la Inquisición y a la Iglesia, y que ningún hombre estaría dispuesto a considerar sus explicaciones. La realidad y la brutalidad de su elección eran claras. Se negó a retractarse. Eligió seguir la opción del disenso; eso le costó la vida. La herejía se castigaba con la muerte por fuego en la hoguera. El 9 de febrero del 1600 en Roma, el Notario de la Inquisición, Flaminio Adriano, después de mencionar los principales acontecimientos de la vida de Bruno, leyó la sentencia: “Después de invocar el nombre de Jesucristo y de su muy Gloriosa Madre María siempre Virgen, en la causa de las causas traídas ante este Santo Oficio, publicamos, anunciamos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos, Hermano Giordano Bruno, que sois un hereje impenitente; por consiguiente que habéis incurrido en todas las censuras eclesiásticas y en los castigos del Santo Canon, las leyes y las constituciones, impuestas a los herejes confesos impenitentes, pertinaces y obstinados, por lo cual nosotros por este acto ordenamos y mandamos que seáis degradado. Y os expulsamos de nuestra Santa e Inmaculada Iglesia de cuya misericordia os habéis hecho indigno, ordenamos y mandamos que seáis entregado a la Corte Secular , que seáis castigado con el castigo merecido; además condenamos, reprobamos y prohibimos todos vuestros dichos y escritos por heréticos y erróneos. Ordenamos que todos los libros que lleguen a las manos del Santo Oficio sean públicamente destruidos y quemados ante los escalones de la plaza de San Pedro, y que sean puestos en el Registro de Libros Prohibidos. Y así como lo hemos ordenado, deberá ser hecho” Bruno oyó la sentencia, miró a los Inquisidores y respondió: “En este momento, señores, quizá vuestro temor al sentenciarme sea mayor que el mío al recibir la sentencia” MORRIS WEST – LA ULTIMA CONFESION Es interesante observar que uno de los hombres que firmó el documento de la condena de Bruno fue el cardenal Roberto Bellarmino, conocido por sus contemporáneos como el más bondadoso de los hombres, aunque participó tanto del juicio de Bruno como en el de Galileo. Bellarmino fue canonizado en 1930. Hay informes contradictorios sobre los momentos finales de Bruno. Algunos señalan que fue amordazado para impedir que dijera más herejías, de acuerdo con otro, él maldecía y no quiso oír a nadie; quizá Bruno haya escrito involuntariamente su propio epitafio en De Monade, una de sus obras latinas, publicada en Frankfurt en 1590. sus escritos a menudo se caracterizaban por la imaginería mitológica y el uso de seudónimos. En De Monade, uno de los personajes es el gallo; Bruno puso en su boca las siguientes palabras: “Mucho he luchado; pensé que podía ganar, pero el destino y la naturaleza sofocaron mis meditaciones y esfuerzos. Pero ya es algo estar en el campo de batalla, porque ganar depende mucho de la suerte. Pero hice cuanto pude y no creo que nadie en las generaciones futuras lo niegue. No temí a al muerte, nunca me rendí a nadie; en lugar de una vida de cobarde, elegí una muerte valiente”