El mundo que nos prometieron

0


Por Andres Caporal:
Vivimos tiempos difíciles. Este juicio tantas veces repetido a lo largo de la historia, este eco que recorre generaciones e imperios de todo tipo, ya aburre.
La humanidad prolonga su existencia lamentándose sin cansancio, buscando el paraíso o la felicidad, ese gran Ideal que nos han propuesto por siempre, pero que siempre se pospone y no sabemos por qué. 

Parece tan fácil construir un mundo en donde el hombre sea relativamente feliz, en donde sus necesidades elementales sean satisfechas, y demás ideales.

Pero ese mundo nunca llega, la felicidad del hombre se posterga, el hambre y la salud de la humanidad deben esperar, todo a su tiempo, que el tiempo es infinito y no se acaba; que este es el mundo de las jerarquías y las prioridades, ya todos sabemos del gravísimo problema de la desnutrición y las muertes por hambre que sufre esta civilización en donde las riquezas sobran, pero que mal se reparten entre unos pocos elegidos del género humano, que no son ni Santos ni Justos.
Que si de prioridades hablamos, primero hay que resolver el problema de las guerras, fuente de tantas violaciones a los derechos humanos y vejámenes de todo tipo. ¿Y cómo se resuelven las guerras (preguntará el típico escéptico) si no se puede acabar con el hambre?

Las guerras se resuelven con otras guerras, contestarían los guardianes de la paz mundial desde sus guaridas fúnebres.

Para conseguir la paz hay que luchar, pero luego también, hay que luchar para resguardarla. Por eso el hambre y la pobreza pueden esperar, ¡la paz es más importante manga de egoístas!

Para conseguir la paz y resguardarla hay que comprar armas, construir costosos misiles, sobornar gobiernos y funcionarios, fabricar armamentos y vendérselos al enemigo, etc.

Las guerras son muy costosas, y no se está hablando acá de vidas, sino de dinero. Por ello la humanidad debe sacrificarse en pos de la paz, debe dejar de lado sus deseos egoístas de bienestar y paraísos de abundancia que nunca existieron.

Lo que el hombre no pudo o no supo conseguir con amor, hay que arrebatarlo a la fuerza, con armas, bombas y violaciones de todo tipo.
Los heraldos de la paz nos repiten constantemente sus buenas intenciones, su justa causa, ellos también quieren un mundo más justo, en donde no exista ni el hambre ni la miseria, en donde no hayan dictadores crueles y despóticos; pero para alcanzar tal fin hay que luchar, ya se ha dicho, hay que arrasar con regímenes que no se amoldan o no se dejan persuadir por el fundamentalismo democrático, también hay que exterminar a revolucionarios de todo tipo (hoy comúnmente llamados terroristas), también se debe terminar de acumular todos los recursos y riquezas del planeta en pocas manos, es decir, en un reducido número de personas que serán las encargadas de decidir cuánto le corresponde a cada uno.

Pero lamentablemente para estos guardianes de la paz mundial todavía hay muchas culturas que se resisten relativamente a este tipo de condicionamiento y luchan por lo que ellos llaman una causa justa.

Y así una guerra tras otra.

Hoy día, muchos de estos heraldos de la paz han dejado de beber caros whiskys y añejada champaña para dedicarse a beber petróleo. ¡Y como chupan estos hijos de puta! El oro negro se les sube a la cabeza y les da coraje y osadía envidiables, tienen más fuerza y poder que Sansón y Zeus juntos, se tornan tan indestructibles como Dios, y tan celosos e iracundos como el mismo Jehová.

Así es que los musulmanes fueron condenados a sucumbir bajo el poder de las armas de destrucción masiva por ser culpables de tener en sus desiertos tanto petróleo y no querer venderlo a precios razonables a estos grandes bebedores, alcohólicos dependientes de este combustible prehistórico.

Se los acusó de profesar un sistema político despótico y tiránico, y también de poseer armas prohibidas para la guerra, peligrosas para la paz mundial. Que después estas ciudades y estos tiranos fueran bombardeados y arrasados por esas mismas armas que se les acusaba tener y no tenían es otro tema.

El fin justifica los medios, y cuando estos alcohólicos heraldos de la paz ven en peligro el buen funcionamiento de la democracia del mundo que se mueve andando en una bicicleta capitalista, no hay arma que alcance ni violación que cuente con tal de poner las cosas en orden. A quién le importa los pobres, los niños desnutridos, los desaparecidos, las víctimas, los daños colaterales, las grandes estafas financieras que dejan en ruinas a países enteros, en definitiva, a quién le puede importar todo esto cuando lo que está en juego es la paz mundial, que humanidad más egoísta por dios.

Cuando la fuerza de la justicia no alcanza, entonces se opta por la justicia de la fuerza.

La justicia siempre se presta a polémicas, la fuerza se reconoce con facilidad y no se discute. Gana el más fuerte, y a eso llamamos política. Por eso hoy en día se alaba tanto a los pueblos pacíficos, a las marchas del silencio, a las protestas sin manchas de violencia, a las personas mansas y civilizadas (palabras que hoy son casi sinónimas).

La gran virtud de nuestro siglo es ésta, ser un animal doméstico, pacífico. Ninguna virtud tiene un trono tan glorioso como esta. En otras épocas, virtudes eran el coraje, el valor, la fuerza, el arrojo. El hombre cultivaba otro tipo de dignidad, de altura. Quería ser dueño de sus actos, sentir que sus fuerzas se proyectaban en el mundo, daban sus frutos.

En la antigüedad era el ideal de guerrero, ese era el ejemplo de un hombre íntegro, digno de ser lo que es. En nuestro mundo moderno se cultiva la debilidad, la pasividad en la acción, el desprecio de la fuerza y la violencia, es el ideal de la servidumbre. Es mejor ser un vegetal que un león.

Los únicos que están autorizados a usar la violencia son los borrachos del petróleo, los vampiros de las finanzas, los comediantes de la política, los tísicos imperialistas, los degenerados tiranos de la democracia… toda otra expresión de violencia o exhibición de la fuerza (material o ideal) es tachada de barbarie, de antidemocrática, cosa de cavernícolas, o incluso terrorista.

Y así están las cosas. Las grandes masas con sus fuerzas vitales reprimidas, y los pequeños grupos de poder ejerciendo la injusticia con el dedo meñique.

Todos queremos un mundo mejor repartido, en donde nadie tenga que pasar hambre ni necesidades. En el mundo hay suficientes riquezas y recursos para que esto sea posible, y sobre todo mucha mano de obra. Pero siempre nos quedamos ahí, en el mero deseo, en la inútil protesta. Mientras muchos piden seguridad, en el otro lado del mundo llueven misiles sobre la cabeza de un pueblo inocente de cargo y culpa. Mientras algunos comen en restaurantes cinco cubiertos y manejan autos importados, otros revuelven la basura de los demás en busca de algo comestible.

Si realmente queremos cambiar esta patética realidad, este mundo raptado por una degenerada locura que se llama capitalismo financiero, no queda otra que cagarnos en esas asquerosas virtudes que nos venden a diario, raquítica virtud que nos enseña a ser débiles y temerosos. No queda otra que tomar el poder de la fuerza, la violencia de lo necesario; porque cuando la propiedad es injusta, el robo puede quizá llegar a ser justo.

Pero ¿qué es lo justo?, o más propiamente ¿qué es la justicia? Todo parece girar en torno a este concepto tan abstracto y por eso tan necesario.

¿Cómo llegar a ser justos si tenemos que servirnos de la violencia para implantar la justicia?

El fin justifica los medios nos dice cualquier política, pero hoy en día ya sabemos por experiencia de la falacia y las consecuencias de tal juicio. Los buenos fines sólo pueden ser alcanzados usando medios adecuados.
Aldous Huxley lo meditó mejor, y llegó a la conclusión de que el fin no puede justificar los medios, por la sencilla razón de que los medios empleados determinan la naturaleza de los fines obtenidos. Bien, pero ¿y entonces? ¿Cómo cambiar un mundo degenerado por la violencia de los genocidios económicos, del repugnante deseo imperialista de dominarlo todo financieramente, si no es con violencia? ¿Cómo violentar las bases de este mundo con justicia?

Es un gran desafío; el problema es que la violencia no entra dentro de los buenos medios para considerar un fin justo. Pero peor remedio me parece es seguir reproduciendo este estado de derecho en el que vivimos, el mismo que dentro de poco terminará criminalizando la pobreza y las protestas sociales. Hay que hacer algo y ya. Pero primero hay que despertarse. No se puede hacer una revolución con un cacerolazo, esto es un insulto a la historia misma, un motivo de risas para cualquier político, una vergüenza para cualquier pueblo con dignidad, una fantochada pequeño burguesa alabada por todos los medios de comunicación, y ya sabemos de que calidad son las virtudes entronizadas por el periodismo de turno.

Pero no olvidemos que el cacerolazo sirvió, de modo casi espontáneo, para despertar sueños románticos de revolución, salieron todos a las calles a pedir un cambio, a echar a patadas en el culo a todos los genocidas políticos que desangraron la nación; pero fue sólo eso, un sueño, un deseo que luego se manchó de culpa, un minúsculo estado de exaltación y euforia.

Con seis muertos se acabó todo. ¡¿Una revolución con seis muertos?! ¿Quién se lo cree? Marx hubiera muerto de risa. En una revolución corre mucha sangre; ésta ni siquiera pudo empezar.

El pueblo argentino estaba furioso, quería a los responsables del saqueo y la miseria; pero cuando se corrió la bola de que los villeros iban, con la maldad que los caracteriza, a saquear las viviendas de los que no estaban en sus casas, el egoísmo y la miserable actitud de quien tiene miedo a perder sus cosas, fue suficiente para enfriar el calor revolucionario que se había gestado. Que se vayan todos, era la consigna.

No se fue nadie, salvo Cavallo, Menem, y algunos otros piratas que hoy viven a patas anchas en el exterior. Esa es la triste realidad, el león dormido, sólo despertó para un corto bostezo, luego volvió a su tranquilo letargo.

Si América Latina quiere terminar con este yugo intolerable que podemos llamar Nazismo Financiero, tiene que decidirse a tomar la fuerza de la justicia y la justicia de la fuerza. No hay otro camino, si queremos un cambio. El espíritu revolucionario tiene que encenderse como una causa propia, el mundo tiene que volverse más inseguro, los políticos tienen que tener miedo de vivir, la violencia de los criminales sin castigo tiene que ser cobrada, no hay que pedir más cuentas, hay que cobrar la factura.

Un mundo seguro es un mundo lleno de animales domésticos, es decir, demócratas civilizados. Estos animales son fácilmente manipulables, son manoseados a gusto, robados impunemente (la justicia es la puta del poder). Estamos reducidos a ser espectadores de la historia infame que se nos impone, y todos contentos, porque obedecer es más fácil que mandar, ser siervo es más cómodo.

Hay que terminar con esto. Hay que empezar a desobedecer, a comprometernos con lo que pasa a nuestro alrededor, ver menos televisión, buscar medios de comunicación alternativos, que los hay, a no creernos más las mentiras de todos los días, a no ir más a las urnas, ese juguete cínico que le da al tirano la legitimidad para decidir sobre nuestras vidas y nuestras muertes, la tiranía democrática en dónde se ven representados sólo los intereses de los más poderosos.

Sólo con no ir a votar se estaría ejerciendo una violencia inusitada al poder, sería un gran paso para una revolución; los políticos necesitan de los votos como Dios de creyentes.

Por algún lugar hay que comenzar, y que mejor que herir a Aquiles en su talón.